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La salud mental en España

Es muy normal escuchar en la consulta frases como «pensaba que esto solo me pasaba a mí» o «nadie de mi entorno se siente así». La experiencia del malestar psicológico tiende a aislar a quien lo sufre, haciéndole creer que su caso es una excepción. Sin embargo, los registros de Atención Primaria muestran que este tipo de problemas está mucho más extendido de lo que muchas personas perciben: el 27,4 % de las personas atendidas o asignadas a Atención Primaria tiene registrado algún problema de salud mental. Esta es la difícil situación de la salud mental en España, donde 1 de cada 3 personas que pasan pro un centro de salud sufren algún síntoma de salud mental.

Debemos tener en cuenta que estos registros dependen de que la persona acuda al médico, sea evaluada y reciba un diagnóstico que quede documentado. Pero aquí radica la cuestión central: una cifra epidemiológica describe a una población pero la evaluación clínica intenta comprender a una persona. La estadística no nos dice cómo vive alguien su problema, ni cuánto interfiere en su trabajo, en sus relaciones o en su autonomía. Esa distancia entre los registros y la vida cotidiana es uno de los retos que afrontamos cada día en la consulta diaria de salud mental.

Comprender el mapa epidemiológico general nos ayuda a los profesionales a contextualizar, pero siempre necesitamos aterrizar los datos en el paciente que tenemos delante.

Ansiedad y depresión: el desgaste en el día a día

El trastorno de ansiedad es el problema más frecuentemente registrado, afectando al 6,7 % de la población general. Esta cifra asciende al 10,4 % si incluimos a las personas que consultan por síntomas de ansiedad sin llegar a conformar un diagnóstico completo. Por su parte, el trastorno depresivo aparece en un 4,1 % de las historias clínicas. Además, los datos muestran una profunda brecha de género: ambos trastornos son considerablemente más frecuentes en mujeres. Concretamente, la depresión es casi tres veces más prevalente en la mujer que en el hombre.

En la evaluación neuropsicológica, la frontera entre estos trastornos y el rendimiento cognitivo a veces se difumina. Muchas quejas subjetivas de pérdida de memoria en adultos jóvenes o de mediana edad pueden estar relacionadas con dificultades atencionales mediadas por la hiperactivación propia de la ansiedad o por el enlentecimiento asociado a la depresión.

Cuando el malestar también afecta al cuerpo

El malestar no siempre se expresa verbalmente, más bien, muchas veces interfiere directamente con los procesos fisiológicos básicos. Los trastornos del sueño constituyen uno de los problemas más frecuentes registrados, y afectan al 5,4 % de la población general. Este problema crece progresivamente con la edad, llegando a afectar al 13,5 % de las mujeres y al 11,6 % de los hombres a partir de los 75 años.

Cuando evaluamos a una persona que refiere extrema fatiga mental o dificultad para concentrarse, es fundamental valorar hasta qué punto las dificultades pueden estar relacionadas con factores neurológicos, alteraciones crónicas del sueño, estado emocional, fatiga u otros factores médicos y psicológicos. Y es que muchas veces, el rendimiento en los tests de memoria puede estar conservado, pero la limitación funcional que siente la persona en su entorno laboral o familiar es absolutamente real.

El peso del contexto y las demandas ambientales

Uno de los hallazgos más determinantes de los registros sanitarios es el claro gradiente social de la salud mental en España. La frecuencia de estos problemas se dispara a medida que disminuye el nivel de renta. Es el lema que tristemente se ha hecho famoso en la salud mental española: el código postal importa.

Este impacto es muy evidente en psicosis severas como la esquizofrenia, que llega a ser 12 veces más frecuente en el estrato de renta más bajo en comparación con el más alto. Esta diferencia también se observa en los trastornos de la personalidad, que se registran 11 veces más en los niveles económicos vulnerables, o en la depresión, con una prevalencia 2,5 veces mayor. Igualmente, la condición de desempleo se asocia a una mayor frecuencia de todos los problemas de salud mental analizados frente a la población activa.

Por otra parte, la exposición prolongada a estrés psicosocial, incertidumbre económica y condiciones de vida adversas puede afectar a la regulación emocional, la atención y el funcionamiento ejecutivo. En cuanto a la Neuropsicología se refiere, sabemos que no podemos analizar el funcionamiento cognitivo aislando al individuo de su contexto y de las demandas ambientales a las que se enfrenta a diario.

Neurodesarrollo y envejecimiento

No obstante, las cifras y los perfiles cambian drásticamente según la etapa vital. En los menores de 25 años, los problemas registrados invierten la brecha de género y son más frecuentes en varones. Destacan trastornos como los hipercinéticos, que afectan al 1,8 % de esta población joven, o los problemas específicos del aprendizaje, que alcanzan el 1,6 %.

Pero es en el otro extremo de la curva vital donde encontramos una carga asistencial clave para nuestra disciplina. La demencia está presente en el 3,2 % de la población mayor de 60 años. A partir de los 85 años, las cifras se elevan bruscamente, afectando a entre un 12 % y un 14 % de las mujeres y a un 7,6 % y 9,3 % de los hombres.

La evaluación más allá de la consulta

Una prueba estandarizada nos da una foto fija del rendimiento cognitivo en un entorno controlado, sin ruido y sin estrés. Pero esa no es la vida del paciente.

Si evaluamos a una persona mayor con quejas de memoria, debemos explorar minuciosamente la medicación. Los registros indican que al 53,4 % de las personas mayores de 74 años diagnosticadas de insomnio se les prescriben benzodiacepinas. Éstas pueden afectar a la atención, la velocidad de procesamiento y la memoria, especialmente con determinados patrones de uso y en personas mayores. Lo que en la familia puede interpretarse como el inicio de una demencia puede estar relacionado, al menos en parte, con los efectos cognitivos de determinados tratamientos farmacológicos mantenidos durante largos periodos.

Intervención y abordaje terapéutico

Generalmente, la respuesta del sistema sanitario se apoya de forma muy significativa en la farmacología. Durante 2017, al 34,3 % de las mujeres y al 17,8 % de los hombres mayores de 40 años se les dispensó al menos un envase de psicofármacos. Los antidepresivos encabezan la lista, seguidos de los ansiolíticos y los hipnóticos.

El tratamiento farmacológico puede ser una herramienta fundamental en determinados problemas de salud mental, pero no siempre aborda por sí solo las dificultades funcionales, cognitivas o conductuales que afectan al día a día. En estos casos, la intervención psicológica y neuropsicológica puede aportar estrategias específicas para mejorar el funcionamiento cotidiano.

Trabajamos en la adaptación del entorno, la participación estructurada de la familia y el entrenamiento en habilidades de regulación que permitan transferir los avances de la consulta a la realidad del paciente. El sufrimiento psicológico y los déficits cognitivos no ocurren en el vacío; suceden en una familia, en un trabajo y en un contexto social concreto. Los datos epidemiológicos nos permiten conocer la magnitud del problema. La evaluación clínica nos obliga a ir un paso más allá: entender cómo ese problema está afectando a una persona concreta y qué necesita para desenvolverse mejor en su vida cotidiana.

Los datos epidemiológicos, de prevalencia y de consumo de psicofármacos proceden del informe oficial de la Base de Datos Clínicos de Atención Primaria (BDCAP) del Sistema Nacional de Salud (Ministerio de Sanidad, 2021). También puedes consultar el nuevo plan de acción en materia de salud mental para los años 2025-2027 del Ministerio.

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